No sé por donde empezar. Tal vez tranquilizando a quien me aprecia: sigo vivo. Lo digo porque durante 94 minutos mi corazón estuvo sometido a demasiado. Y añado que después del sábado creo en los milagros. El del año pasado en la penúltima jornada fue fugaz, es decir, el Alavés le marcó 2 goles a la Real Sociedad en dos minutos de descuento. Sin embargo el de Pucela de anteayer, con 'San Cuéllar' a la cabeza, fue un milagro de 94 minutos.
Vi el partido en el 'rincón sportinguista' de Madrid (el Bar Nalón). Sufrí muchísimo pero la recompensa fue una alegría-liberación que se cuela seguramente entre los cinco momentos de más euforia que el conjunto gijonés me ha dado desde que me hice del Sporting hace más de dos décadas. Mi padre, sentado a mi lado, me dijo numerosas veces durante el encuentro que era imposible que se ganara ese partido. Lo decía porque estaba viendo lo mismo que todos los que siguieron el choque: el Valladolid mereció golear pero acabó sorprendentemente perdiendo por la mala suerte, la mala puntería pucelana, el larguero, los dos penaltis (uno sobre todo) que les birló el árbitro, la actuación soberbia del Pichu Cuéllar, el golazo de Camacho, el primer centro decente de Maldonado en toda la temporada, y la ayuda de todo el santoral asturiano, especialmente de la Santina.
El Sporting salió muy nervioso, muy tensionado, sobre todo en la faceta defensiva y apenas pudo crear peligro en el aspecto ofensivo (disparó tres veces a puerta). Todo pintaba muy mal. Si lo veía negro con el 0-1 si no se marcaba otro (luego se justificó mi mal presagio), confieso que me abandonó la fe con el 1-1 sumado al resto de marcadores. Fugazmente me abracé a la esperanza con la entrada de Bilic pero se desvaneció con la de Maldonado (buen jugador pero negado con la camiseta sportinguista). Una vez más, Preciado tuvo suerte con los cambios, ya que dos de los tres protagonizaron el 1-2. Cómo me alegro por el entrenador del Sporting.
Grité los dos goles como pocas veces he hecho: el primero por su espectacularidad, el segundo por su valía. Nunca un pitido final me había aliviado tanto, tal vez el día de la promoción ante el Lleida. Sirve de ejemplo el diálogo en el césped al final del partido entre Quini y Preciado (emitido por Cuatro): "Nunca había pasado tantos nervios en un campo de fútbol", decía el Brujo; "he pasado mucho miedo", respondía el técnico. Y mientras, 5.000 representantes de la Mareona en las gradas demostrando a la vergonzosa directiva del Valladolid lo que toda España ya sabe: que es la mejor afición.
Ahora se desatará el optimismo, se llenará El Molinón y se dirá que el Recreativo está descendido. A mí me da igual que el rival llegue con maletines, creo más en el poder de nuestra afición que en el de los billetes. Lo que sí pienso es que no será nada fácil ganar los últimos tres puntos de la campaña. La permanencia supondrá otros noventa y tantos minutos de incertidumbre, esfuerzo y nervios. Con el Sporting de por medio, no podría ser de otra forma. Pero también os confieso un pensamiento que tuve la temporada pasada: no se produce un milagro en la penúltima jornada en vano, eso tiene que significar que se consigue el objetivo. El domingo, hacia las 20:50h sabremos si la mejor afición del mundo seguirá paseándose por la Primera División. El futuro que depare eso y más tranquilidad, por favor: con los finales de estas dos últimas campañas mi salud está servida. El pasado sábado, cuando me puse en pie, me temblaban las piernas.
Real Valladolid: Asenjo; Marcos, Baraja, García Calvo (Ogbeche, min. 83), Oscar Sánchez, Rubio, Medunjanin (Canobbio, min. 61); Pedro León, Víctor, Sesma (Rueda, min. 75); y Goitón.
Real Sporting: Cuéllar, Sastre, Gerard (Jorge, min. 60), Iván Hernández, Cámara, Diego Camacho, Matabuena, Pedro (Bilic, min. 66), Kike Mateo (Maldonado, min. 75), Diego Castro y Barral.
Goles: 0-1: Min. 43, Diego Camacho. 1-1: Min 69, Sesma. 1-2: Min. 78, Bilic.