Colaboración con Golaverage
"No puedo cerrar mis labios cuando he abierto mi
corazón". Esta frase de Charles Dickens seguro que se la atribuye Hugo
‘Périco' Pérez en relación al Sporting. El argentino, de visita en Gijón, ha
sido protagonista estos días por sus declaraciones en los medios de
comunicación. Unas palabras que en lugar de ser interpretadas como dardos,
deberíamos -todos- tomarlas como una crítica constructiva, valiosa además por
llegar desde alguien tan cercano al sentimiento sportinguista como distante a
Asturias. El silencio separa más que la lejanía y ésta permite observar en
muchas ocasiones la realidad con más clarividencia.
Evidentemente, la verdad crea odios. Es inevitable, aunque
también ayuda en mayor medida que esa sinceridad que consiste en no ir más allá
de no decir nunca lo contrario de lo que se piensa. La crítica externa
constructiva y la autocrítica interna son necesarias para reconducir las
situaciones. Y el Sporting, guste más o menos, requiere en estos momentos de
ello. Que no se busquen culpables, sino errores y soluciones. Por encima de
egos y bandos, en aras del bien común: el de ese escudo que se hincha de
orgullo con cada latido sportinguista.
Y uno de esos corazones de sangre rojiblanca es el de Hugo
Pérez, el primer jugador al que yo he visto hacer una rabona en la Liga
Española. Ese centrocampista que saltaba al césped con tanta personalidad y
carisma como talento futbolístico. Y esto último le sobraba. Como muestra
aquella vez que El Molinón sacó todos sus pañuelos para ovacionar durante
varios minutos uno de los mejores goles que cualquiera haya visto jamás en el
centenario estadio gijonés. Lediakhov puso el balón desde el córner en la
frontal del área grande, el argentino lo controló con el pecho, le hizo un
sombrero a un jugador del Valladolid con el muslo derecho y enganchó con la
pierna izquierda una volea que llevó el balón a la escuadra. Inolvidable. Que
sus palabras en 2013 sumen tanto como aquel momento de gloria en 1995.
